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Archive for 28 abril 2010

Vuestras experiencias

 Es la hora.  Ya empieza.

Aparece una mujer,  que con sus manos…, sus brazos…, sus pies…, sus piernas…, con su cuerpo entero va construyendo en el espacio vacío una obra de arte en continuo y suave movimiento; movimiento sin tiempo, sin esfuerzo, sin principio ni fin. 

Entrelaza con elegancia un movimiento y otro, ininterrumpidamente, recreando una danza milenaria.  Todo su cuerpo se vuelve calma; su respiración y su mente fluyen armoniosamente al ritmo del universo. Respira y danza todo su ser, presente, atento, en paz, tal y como imagino que el universo respira y danza, presente, atento, en paz.  Y yo, igual que ella, igual que el universo, estoy presente, atenta, en paz, en armonía y sintonía con todo lo que me rodea.

Sus manos parecen que van y vienen como las olas del mar, desde el infinito hasta su corazón, que también es infinito.  Con su mano como una brocha va pintando el espacio vacío con su luz; acaricia con suavidad figuras que ella misma va creando; su danza es suave y lenta, como son, a veces, las olas del mar.  Toma entre sus manos un sol brillante y retrocede como si el sol la empujara hacia sí misma.  Lleva esa reluciente esfera hacia su corazón y continúa su danza con el sol entre sus manos, a una velocidad tal que parece que estoy viendo una película a cámara lenta; todo ocurre simple y sencillamente.

Sus brazos son ramas mecidas por el viento; se mueven sin esfuerzo, como si flotaran, con ligereza; sus manos son flores que se abren en primavera, y sus pies raíces bien arraigados en la tierra que le nutre.  Y continúa su imparable danza, dejándose mecer por el viento.

Su movimiento es circular y completo, continuo, como un gran río que fluye sin fin. Como el  agua, sin forma definida, fluye por la sala con cada posición que adopta.

Su cuerpo es un árbol; los pensamientos son nubes; los sentimientos, agua.  Cuando camina, sus pies parecen agarrarse a la tierra, que le da firmeza, estabilidad y seguridad; su tronco y sus brazos se muestran flexibles y ligeros como una caña de bambú, o como las algas meciéndose en las profundidades del mar, dejándose llevar por las corrientes, sin oponer resistencia.

Me siento en conexión con la naturaleza y todos sus elementos, fundiéndome con los sonidos, las formas, los animales.  La sala, antes vacía, se ha llenado de grullas, gorriones, serpientes, monos, de olas, de plantas, de nubes… incluso me parece oír las notas de un invisible laúd.  ¿Es la maestra la que ha creado el laúd y la que acaricia sus cuerdas invisibles?

Como las nubes, que cambian de forma en su lento viaje por el cielo;

como las olas que llegan a la orilla y regresan por donde vinieron;

como el viento en el desierto que deshace una montaña de arena para crear otra nueva. 

Las nubes, las olas y el viento, desde su eterna presencia, su eterno movimiento y su eterno cambio, nos enseñan los movimientos sagrados del milenario arte de la armonía.  La roca de la montaña, firme y alta, no cambia del día a la noche, ni siquiera cuando es cubierta por negras nubes, o si es cubierta por fría nieve.  Así el corazón del que practica el arte de la armonía no cambia aunque haga frío, ni aunque su cielo esté cubierto por nubes tristes y grises ni tampoco cambia en la oscuridad de la noche.

Y sigo observando a la maestra y comprendo que esa fuerza de sus manos con las que empuja el vacío, es la misma fuerza con la que empujaron otros, hace miles de años, el vacío; ese vacío del que todo surge, al que todo regresa y en el que todo descansa.  El inagotable Chi del Universo danza al mismo ritmo que la maestra. Y siento esa energía vital del universo danzando en la sala mientras la maestra continúa su camino hacia la armonía, ese arte milenario que permanece en el tiempo.

Al terminar la exhibición, me dirijo a la Maestra de Tai Chi:

-He llegado estresada, con dolor de cabeza y un montón de preocupaciones. y simplemente observando la exhibición, y durante solo una hora, he terminado relajada, y sin darme cuenta, todos mis problemas y preocupaciones es como si hubieran desaparecido. Como puede ser?

– Y eso que sólo has participado pasivamente, observándome. Es un estado que a veces se contagia a quien mira con atención.  Con la práctica, y ya desde los primeros días de aprendizaje, una de las cosas que se notan es el cambio de ánimo, de actitud…  podemos llegar cansados, estresados, con preocupaciones, dolores, … y al terminar la clase nos vamos con una sensación de bienestar, de relajación, de sentirse más ligero, flexible, más descansado física y mentalmente. Las tensiones del cuerpo se aflojan, desaparecen muchos dolores causados por malas posturas. La mente se vacía y el cuerpo descansa. Y si veníamos preocupados, nerviosos….cuando nos vamos para casa, ya casi no queda nada de eso. O al menos nuestra forma de ver las cosas o de reaccionar ante ellas ha cambiado. Ya no reaccionamos de forma mecánica y no nos dejamos llevar por las preocupaciones de la misma manera. Ganamos en coordinación, flexibilidad, equilibrio y ya no solo físicamente.  Todos los beneficios del Tai Chi se acaban trasladando a nuestra vida diaria, a nuestros quehaceres cotidianos. Aprendemos a respirar mejor, con todos los beneficios que ello conlleva, a dormir mejor. Nuestra actitud se vuelve mucho más positiva, nuestro sistema circulatorio mejora, aprendemos a relajarnos, desarrollando la capacidad de la atención y la auto-observación. A conocernos mejor.

 La práctica del Tai Chi te ayuda a mantener la calma en medio de la tensión; a estar activo y lleno de energía. Cuando alcanzas la relajación, tu mente y tu energía interna se acomodan entre sí como el yin y el yang.  Aparecen la Armonía y la Paz interior.

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